Para algunas personas, Lorena Vega llegó a sus vidas como la psicóloga en Envidiosa (la serie de dos temporadas, protagonizada por Griselda Siciliani). Sin embargo, la trayectoria de esta actriz, directora y dramaturga tiene un larguísimo camino, sobre todo en el teatro. Actualmente, dirige Testosterona, protagonizada por Cristian Alarcón (los sábados, en el Picadero); Precoz, con Valeria Lois y Tomás Wicz (los lunes, en Timbre 4) y Civilización, texto de Mariano Saba (también los lunes, en el Galpón de Guevara). Y actúa en dos obras de Mariano Tenconi Blanco: Las cautivas (los domingos, en el Metropolitan) y La vida extraordinaria (los miércoles, en el Picadero). No solo esto. Asimismo, hace Imprenteros (los viernes, también en el Picadero), el gran suceso que va por su séptima temporada: allí Vega plasma parte de su historia personal, que ella ha escrito, dirige y actúa junto a parte de su familia, y que, por si fuera poco, también se ha convertido en un documental homónimo, dirigido por Gonzalo Zapico. Hoy habrá una función de otra obra que protagoniza: Yo, Encarnación Ezcurra en Ciudad Cultural Konex..
Imparable en su capacidad de generación de proyectos, Vega ahora empapela la cartelería de calles y autopistas, porque es “La Zurda”, una de las protagonistas dentro del mundo carcelario de En el barro que se ve por Netflix. Los ocho capítulos creados por Sebastián Ortega, que se hilan en el universo de la exitosa El marginal, transcurren en una cárcel de ficción, llamada La quebrada, adonde llegaron, por razones diversamente (in)justas, un conjunto de personajes. El elenco convoca a espectadores con variados intereses. Por un lado, hay actrices de prestigiosa trayectoria nacional como Rita Cortese, Ana Garibaldi, Cecilia Rosetto, Silvina Sabater, y el regreso a la actuación de Juana Molina; hay grandes actores como Gerardo Romano, Marcelo Subiotto, Juan Gil Navarro y una larga lista a cargo de personajes con menor desarrollo. Por otro lado, jóvenes figuras internacionales como Valentina Zenere, Carolina Ramírez y Ana Rujas. Y también, participaciones especiales como la de la boxeadora Alejandra “Locomotora” Oliveras y la superestrella María Becerra.
—¿Cómo procedés a la construcción de un personaje como “La Zurda”? ¿Te fue necesario visitar cárceles?
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—Hago distintos tipos de trabajo dependiendo del personaje, de la serie, del material. Para “La Zurda”, yo no fui a la cárcel a hacer trabajo de campo. Sí, tuve información que trajo la producción, por las visitas que ellos sí hicieron a las cárceles. Es un mundo del que todas tenemos algún imaginario, alguna referencia. También lo fuimos construyendo con el equipo actoral y la dirección. Y como venían de hacer El marginal, tenían mucha impronta. Después, los temas de cada personaje están exacerbados por la situación de encierro, pero no son ajenos: son situaciones de dolor, pena, pérdida, angustia, de disputa, enfrentamiento. Son cuestiones que nos habitan a todas en nuestras vidas, más allá de si estás adentro o afuera. Cuando preparaba el personaje, pensaba: cuál es mi propia cárcel, mi propio encierro, en qué momentos me siento sin salida, atrapada.
—¿Cómo fue filmar numerosas y variadas escenas de violencia física? ¿Cómo se hace?
—Hay que ensayar previamente. Hay un equipo de efectistas que te explican cómo mover el cuerpo en función de dónde te van a pegar y dónde está la cámara. Por supuesto, los golpes no son reales. Hacés muchos acuerdos previos y conduce la dirección. Tenés que saber dónde van a estar las cámaras, donde va a ser el plano. El equipo de efectistas también te pone protecciones, si es que te van a dar con un machete, con algo punzante, con un palo. Hay todo un trabajo técnico. La actuación es técnica pura.
—¿De qué manera se integró un elenco tan diverso en sus experiencias con la actuación?
—Es lo más interesante de la serie: el cruce intergeneracional, intercontinental, de estilos, plural en cuanto a los oficios. Es un gran acierto, una apuesta arriesgada, que nos puso a todas a construir un lenguaje en común. Ensayando hipótesis, puede ser la situación de una cárcel: encontrarse con personas inesperadas que no se sabe de dónde vienen.
—Hay dos figuras muy queridas en torno a estas series, y que han fallecido: Claudio Rissi, uno de los protagonistas de “El marginal”, que murió en 2024, y Alejandra “Locomotora” Oliveras, el mes pasado. ¿Cómo los recordás?
—Claudio es una presencia que está. El marginal no se puede pensar sin saber que estuvo ahí Claudio Rissi. Su personaje aparece ahora mucho en la línea de Ana Garibaldi (personaje de Gladys Guerra de Borges). Además, Claudio en términos actorales ha sido para mí un material de estudio y total inspiración. Y “Locomotora” fue una muy buena compañera. Fue hermoso, interesante, trabajar con ella, porque ella estaba contenta, entusiasmada; le daba mucha energía al set. Era una persona divertida, con la que en algunos aspectos estábamos en lugares opuestos de pensamiento, pero en el espacio de trabajo entablamos una relación de cariño.
—¿Qué pensaste en torno a tu personaje, dedicada a gestionar pornografía y prostitución, ámbitos que, para algunas perspectivas, es trabajo, una fuente laboral, y para otras, es, inexorablemente, una forma de abuso?
—Comprendo la complejidad. Yo digo que es trabajo sexual, con todos los matices y con el respeto que todavía puede tener la discusión Mi personaje entiende que [la prostitución] es trabajo sexual y que cada una es dueña de su cuerpo y que cada una decide qué hacer con él, incluso ponerlo a trabajar por dinero. En definitiva, si agudizamos un poco el lente, muchas veces nuestra vida es entregar nuestro cuerpo por dinero.
—“En el barro” se centra en historias que le pasan a un grupo de mujeres. Sobre los hombres, entre otras cosas, se dice “Donde hay un pajero, hay un cliente”. ¿Qué imagen de los hombres deja esta serie?
—Hay un gran porcentaje de mujeres que, a partir de quedar encerradas, son abandonadas, no son sostenidas, no son visitadas; las sueltan. Porque una mujer que cae presa es mucho más condenada que un hombre. La serie refleja esa soledad y esa comunidad que se empieza a armar entre mujeres, porque los hombres desaparecen y, si aparecen, es para cobrar o exigir cosas, en lugar de ayudar. No siendo un documental, siendo ficción, la serie refleja eso: está siendo espejo de algo que sí está en la realidad.
—¿Cómo hacés para ser tantas Lorenas a la vez: actriz de teatro, actriz en plataformas, directora, autora, vida familiar?
—Las actrices estamos acostumbradas a mutar, a transformarnos, a transicionarnos.
Eso es habitual para mí. Una actriz, como vos enumerás, es una persona que tiene que gestionar su trabajo.
Una actriz de teatro independiente, más todavía. Eso nos convierte en gestoras. El trabajo independiente incluye ser tu propia productora. Lo hice siempre, desde muy chica, desde que empecé teatro: siempre fui muy activa para mover las obras. Es algo inherente a este sector del trabajo. Es un ejercicio que tengo incorporado, pero es además un modo de sobrevivir, no solo por una cuestión de precarización y de tener que trabajar en muchas cosas a la vez, sino también por una cuestión de salud mental. La ocupación, un poco como le pasa a “La Zurda”, me salva de lo que significaría estar frente al vacío, a la nada. Fui aprendiendo a habitar momentos de pausa, pero estar en movimiento es un poco de supervivencia.