En los años 90 una ilusión, y no un fantasma, recorrió el mundo: la ilusión del “fin de la historia”. Poco después de la caída del Muro de Berlín (1989), el politólogo estadounidense de origen japonés Francis Fukuyama impuso esa inocentada y vendió millones de ejemplares de sus libros. Se había terminado la Guerra Fría, no habría más guerras, las democracias liberales se impondrían en el mundo, y todos los hombres, como en el coro final de la Novena Sinfonía de Beethoven, se abrazarían en le hermandad y la paz. Treinta y cinco años después, el destino de esa profecía está a la vista.
Aquellos años vinieron acompañados por una moda new age, tan profunda como los best-sellers de Fukuyama: los ángeles, la angelología, la fusión de canto gregoriano y rock. Surgieron grupos y solistas como Era (cuya canción en falso latín “Ameno” resonaba en todas las FM y disquerías mientras en Italia se jugaba el Mundial), Enigma, Enya, Solyma. Sin embargo, más allá de la espuma comercial y la voracidad de las discográficas, la época tuvo una virtud invaluable: el redescubrimiento de Hildegard von Bingen.
Siglos antes de que el mercado del CD escarbara en su obra y lanzara a las bateas de todo el mundo numerosas grabaciones, Hildegard von Bingen había sido, en sentido estricto, la primera compositora mujer de Occidente cuya obra se conserva con nombre propio. No una autora anónima entre códices, sino una creadora consciente de su singularidad.
Abadesa renana del siglo XII, visionaria, teóloga, médica, consejera de emperadores, Von Bingen dejó un corpus musical que todavía hoy sorprende por su audacia melódica. La Iglesia la recuerda litúrgicamente el 17 de septiembre, fecha de su muerte en 1179; en algunos calendarios locales su memoria también se celebra en el día de hoy, 4 de marzo (esto ocurre en países como Alemania), signo de la compleja historia de su culto, que fue antiguo y constante mucho antes de ser formalizado.
Lo curioso es que su retorno al oído contemporáneo no comenzó en el ámbito eclesiástico ni en congresos de musicología, sino, como se dijo antes, en el clima angelical de los 90. Bienvenido sea, entonces. En medio de esa ola, el público tomó contacto con una música que había permanecido en circuitos especializados: la sonoridad monódica, el fraseo amplio, la reverberación casi litúrgica. La industria buscaba explotar un clima, y sin proponérselo, abrió una puerta.
Gothic Voices
GothicVoices
El conjunto británico Gothic Voices publicó en 1982 el álbum “A Feather on the Breath of God”, el primero dedicado a Hildegard von Bingen
En realidad, la recuperación rigurosa de Hildegard von Bingen había comenzado antes. En 1982, el conjunto británico Gothic Voices publicó el álbum “A Feather on the Breath of God”, con Emma Kirby como solista, dedicado íntegramente a su música. Fue un hito en el movimiento de interpretación histórica del repertorio medieval, aunque de manera más limitada que una década más tarde.
Aunque su obra pertenece al universo del canto monódico latino, sus melodías se expanden más allá de la media del gregoriano tradicional. Utiliza intervalos amplios, saltos ascendentes que rozan el éxtasis, frases que se dilatan en el registro agudo. Su línea vocal parece buscar el límite físico del cuerpo. No es una música ornamental; es intensamente expresiva. El texto, muchas veces de su propia autoría, habla de luz, fuego, sabiduría divina. En su colección Scivias (“Conoce los caminos”), la experiencia visionaria es central, la música forma parte de esa arquitectura simbólica.
Nacida en 1098 en Bermersheim, en el valle del Rin, Hildegard fue entregada de niña a la vida religiosa y formada bajo la guía de Jutta de Sponheim. En 1136 se convirtió en abadesa y más tarde fundó su propio monasterio en Rupertsberg. Desde allí desplegó una actividad intelectual asombrosa: escribió tratados teológicos, obras científicas y médicas, cartas a papas y emperadores, y un corpus musical reunido bajo el título de Symphonia armoniae celestium revelationum.
Su época fue la del llamado “renacimiento del siglo XII”, un período de intensa actividad intelectual en Europa. Contemporánea de Bernardo de Claraval, de Pedro Abelardo y, en el plano musical, de la escuela de la catedral de Notre Dame que más tarde culminaría en figuras como Léonin, Hildegard vonn Bingen pertenece todavía al universo monódico previo al gran desarrollo de la polifonía. Mientras en París comenzaban los experimentos que conducirían al organum elaborado, ella escribía melodías solistas destinadas a la liturgia de su comunidad, un monasterio femenino concreto, para voces reales que cantaban diariamente el Oficio.
Tras su muerte, su música continuó utilizándose en su entorno inmediato. Pero con el paso de los siglos, y sobre todo tras las transformaciones litúrgicas posteriores al Concilio de Trento, gran parte del repertorio medieval, no sólo el suyo, fue desplazado o adaptado a nuevas sensibilidades. Durante el Barroco y el Clasicismo, cuando la música sacra estaba dominada por la polifonía y luego por la estética tonal, su obra quedó confinada a los manuscritos, prácticamente olvidada.
El siglo XIX, con su redescubrimiento romántico de la Edad Media, mostró interés por su figura, pero más como mística que como compositora. Se la revalorizó durante el movimiento llamado “ceciliano” (por Santa Cecilia, patrona de la música), una corriente de reforma de la música sacra católica, especialmente en Alemania, Austria e Italia, que buscó “purificar” la música litúrgica y devolverla a lo que consideraba sus fuentes auténticas: el canto gregoriano y la polifonía renacentista, en particular la de Giovanni Pierluigi da Palestrina. Más tarde, la renovación musicológica del siglo XX comenzó a estudiar sistemáticamente los códices e interpretarlos en instrumentos de época.
Cuando en 2012 Benedicto XVI la proclamó oficialmente santa y la declaró Doctora de la Iglesia, el terreno cultural ya estaba preparado. Hildegard von Bingen no regresaba como curiosidad arqueológica ni como símbolo oportunista, sino como autora reconocible. Su figura se había convertido también en emblema de la autoría femenina en la Edad Media, un campo históricamente oscurecido por el anonimato impuesto o asumido.
La paradoja es que una década convencida de que la historia había terminado, y que la espiritualidad podía reducirse a ambientación sonora, terminó facilitando la reaparición de una mujer del siglo XII cuya obra desmiente cualquier clausura. Su música sobrevivió a la moda que la impulsó. Los ángeles de marketing se desvanecieron con el cambio de milenio; la voz de Hildegard von Bingen permanece. Ocho siglos y medio después, esa línea melódica que se eleva con obstinación sigue respirando, ajena a la ingenuidad del “fin de la historia” y al afán de cualquier mercado.
